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Constantino Romero


Constantino Romero (Albacete, 29/5/1947 – Barcelona, 12/5/2013)

Conocí a Constantino Romero una mañana de sábado, en agosto de 1987.
Tenía por tanto, él, que no yo, dos meses más de 40 años.
Yo, cumpliría 28 años pocos días más tarde.

Yo llevaba unos meses ya al frente de un magazine matinal en Radio Salud Cataluña (FM), y acababa de aterrizar en Radio Miramar de Barcelona (AM), donde realizaba y presentaba un programa semanal de entrevistas, salpicadas con algo de música.

Aquel sábado, entrevisté a Juan José Benítez, que acababa de publicar la primera entrega de «Caballo de Troya» y a alguien más que ya no recuerdo.
Pero ese día tuve también el inmenso honor de tener sentado junto a mí, a una de las personas que más impacto me hayan causado nunca. Y que no han sido muchas.

Cuando el productor del programa anunció que Constantino Romero esperaba para ser recibido, todos centramos nuestro interés en la pesada puerta estanca del locutorio por donde debía entrar.  Tras el doble grueso cristal que protegía a los oyentes del permanente trajinar del técnico de sonido, se hizo de pronto el silencio.

Un hombre de la envergadura de Constantino Romero, con su personalidad y con su bagaje, causa impresión al primer contacto visual.
Pero no fue eso, no, lo que más me impresionó a mí. Fue su primer saludo:

—Buenos días.

No es que fuera el saludo en sí mismo lo que me dejó aturdido, sino «su voz». Una voz ancha, grave como pocas, que pronunciaba las palabras con una dicción que ya quisieran muchos, y que se expandió por las cuatro insonorizadas paredes del locutorio, dándoles una pátina que las enriqueció notablemente.
Un locutorio de radio, recibiendo la mejor voz posible: La Voz.
La voz que como muchos opinan, debía de ser la más parecida a la voz de Dios.
Si efectivamente Dios tiene voz masculina, coincido en que será como la de Constantino Romero. Y si es así, definitivamente Dios recupera hoy su voz.

Una voz como la de quien hoy está en la boca y el pensamiento de casi todos, no necesita ser descrita profusamente; solo merece volver a ser escuchada.
Y tenemos la inmensa suerte de poderlo hacer gracias al cine, que tardará muchos años en volver a poseer una herramienta para el doblaje, como la voz de Constantino Romero, locutor, presentador y actor, que dotó a Clint Eastwood, Rutger Hauer («Blade Runner»), Arnold Schwarzenegger («Terminator»), Sean Connery, Roger Moore, William Shatner (Capitán Kirk de «Star Trek») y por supuesto el malvado «Darth Vader» («Star Wars»), de una buena parte de la personalidad de que hoy disfrutan entre los cinéfilos.

En cuanto termine este artículo a modo de homenaje a un gran manchego, voy a disfrutar uno de sus más celebérrimos trabajos: «Harry el sucio» (Don Siegel, 1971).
Volveré a vivir la escena en la que el inspector Harry Callahan, tras dar un único mordisco a su perrito caliente, no sabemos si el del almuerzo o el de la cena, sale a la calle pistola en mano, para intentar detener a los atracadores de un banco.

Tras abatir a uno de los asaltantes y emprenderla a tiros con el coche en el que huyen los otros, empotrado finalmente en una toma de agua, el inspector de policía interpretado por un joven Clint Eastwood, se dirige, siempre pistola en mano, hacia donde yace uno de los bandidos, que sobrevive e intenta alcanzar su escopeta, a pocos centímetros de su mano, en la acera.

Es entonces cuando Constantino Romero, prestando a Clint Eastwood uno de sus más importantes atributos interpretativos en lengua española, le suelta a bocajarro:
— ¡Ah, ah…! Sé lo que estás pensando; si disparé las seis balas o solo cinco. La verdad es que con todo este ajetreo también yo he perdido la cuenta. Pero siendo este un Magnum 44, el mejor revólver del mundo, capaz de volarte los sesos de un tiro, ¿no crees que debieras pensar que eres afortunado? ¿Verdad que sí, vago?

Y esa es la película que pienso ver seguidamente, porque mi invitado ese sábado de agosto de 1987 en los Estudios de Radio Miramar de Barcelona (AM), Constantino Romero, lo primero que hizo a petición mía al iniciarse la entrevista, fue repetir ese pequeño e impactante monólogo; uno de los, para mí, más demoledores de la historia del cine, junto al discurso final de Rutger Hauer en «Blade Runner».

He escuchado ese diálogo en inglés con la voz de Clint Eastwood pero no es lo mismo, y siento decirlo porque si hay alguien que admira a Eastwood, soy yo. Pero Tino, le imprimió tal carga de dramatismo a su trabajo, que de quedarle al inspector Callahan una bala en el revólver, nos temíamos lo peor para el atracador.
Sinceramente, tras ser repetido en directo aquel sábado por Constantino-Eastwood, yo temí no ser capaz de articular palabra para continuar la entrevista.

Después de ese día, hablé telefónicamente con Tino Romero en varias ocasiones, él desde su casa de la costa barcelonesa.
Alguna vez que otra, además, coincidí con Constantino y con Arsenio Corsellas en el estudio de doblaje «Voz de España», en Barcelona, donde yo iba a aprender de los maestros, claro.

El resto, es ya cosa de quienes le trataron por más tiempo y en ambientes más íntimos.

Como locutor que fue, como lo fui yo; como actor de doblaje, inimitable por nadie; como presentador, insigne y sobrio; como persona, magnífica en cuanto pude conocer… Debo decir que hoy, he perdido un maestro y un referente, que en 17 días habría cumplido 66 años.
Un hombre todavía joven y con tanto por enseñar, pese a estar ya jubilado.

D.E.P. Constantino Romero, «La Voz».

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